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ncondicional Al menos pude despedirme. Tras varios días de sufrimiento, con la fiel esperanza de una milagrosa recuperación, los últimos bocados que logró robar al aire, los pasé con ella. Aquella noche, desde la cama, cuando todos dormían, la oí llorar con suaves quejidos. Salí a la cocina con una manta y me acomodé junto a ella. A pesar de los enrabietados dolores que sufría, me acogió a su lado. Pasamos la madrugada juntas. Yo encontré su incondicional cariño y espero de todo corazón, que ella encontrara en mí, en aquellas últimas horas, cobijo y abrigo porque ante la impotencia de no poder sanarla, era lo único que realmente quería y podía ofrecerle. Todavía recuerdo esa bonita planta que en su honor coloqué al día siguiente a su desaparición adornando su rincón. Tan sólo bastaron unas horas para que se marchitara. Después de aquello, respetamos el que había sido su espacio durante un tiempo, dejándolo libre de toda utilidad. El lazo que me había unido a ella durante doce años, comenzó a mostrarme que realmente estaba bien anudado, fuerte y arraigado. Durante los tres o cuatro meses posteriores a su muerte, ella siguió con nosotros aunque su presencia no fuera física. Tan sólo yo era capaz de sentirla pero realmente nos acompañaba a todos nosotros. Creo que fui la elegida porque quizá, tantas horas juntas en vida, desde el amanecer hasta la visita de la luna, día tras día, me convertía en la más susceptible a su pérdida. Por las mañanas, notaba su presencia con un sinfín de detalles. La oía levantarse, volverse a tumbar, notaba como rozaba mis piernas e incluso, había momentos en los que su olor característico se paseaba por mi olfato alertándome de que estaba conmigo, a mi lado y entre estos momentos de emoción, no podía evitar hablarle en voz alta, como cuando ella vivía. Cada noche, podía escuchar el ruido de sus pisadas de igual modo que las escuchaba en vida, cuando venía a la sala de estar a pedirme su ración de comida. Durante la madrugada, el sonido que acostumbraba a emitir al beber agua se repetía haciéndome sonreir desde mi cama. A veces llegaban a mis oídos los signos de su comunicación en forma de pequeños llantos y suaves resoplos y yo me levantaba siempre con la sensación de que estaba allí y que podría verla. Parecía todo tan real ….. Durante ese tiempo no sentí miedo, aquella situación no me inyectó temor alguno, sino todo lo contrario. Me sentía feliz notándola cerca, como si no se hubiera ido, pues así manteníamos vivo el cariño que regaba nuestra unión. Después de unos meses, una madrugada noté en mi mano izquierda que sobresalía de la cama su cálido lamido. Abrí los ojos, allí estaba ella, sentada, mirándome como si fuera a decirme algo muy importante. Estremecida, la ternura me hizo regalarle una sonrisa al mismo tiempo que la nombraba. Mientras me incorporaba dejé escapar un par de lágrimas emocionadas. Extendí mis brazos para acariciarla pero ella, después de unos instantes, rozó con su hocico suavemente mis manos, se levantó y dio media vuelta. Se alejó hacia la puerta y ante mi atenta mirada sufrió una especie de metamorfosis que la convirtió en un sol de luz brillante que irradiaba además de belleza, sensaciones de paz. Después de un par de minutos, aquella iluminación circular disminuyó hasta quedar en un minúsculo punto que con un pequeño chispazo insonoro… desapareció. Sentí como me embargaba una sensación que cabalgaba entre la felicidad y la tristeza, pues supe en aquel mismo instante que se marchaba para siempre. Efectivamente y para mi desgracia, no volví a escucharla, no volví a sentirla. Han pasado ya varios años de aquello pero la sigo recordando desde mi corazón como lo que fue, uno de esos sentimientos puros e incondicionales, llenos de belleza y de cariño, que de vez en cuando, nos regala la vida. Angel Varela Garcia. |
lunes, 13 de abril de 2015
Al menos pude despedirme.
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